Ceniza y carmesí
Grabado intervenido con grana Cochinilla
75 x 106 cm
2010
Mirar esta gráfica es asistir a una liturgia de la materia, un descenso a las vísceras históricas de México a través del color absoluto. Pero es un descenso con destino: no se baja aquí para quedarse en la herida, se baja para juntar la ceniza necesaria antes de un posible ascenso. La pieza central no es una simple estampa patria; es una aparición totémica suspendida en un espacio ritual, a medio camino entre la destrucción y el renacimiento. Un escudo mexicano que deviene en árbol de la vida, cruz y heráldica prehispánica a la vez, irradiando destellos sombríos sobre una superficie dorada y carnal. El contorno negro resguarda el vuelo detenido del ave detenido, no extinto una silueta que no pertenece al bronce monumental de la retórica oficial, sino al sustrato mítico que habita en las sombras del imaginario colectivo, ese lugar donde las cosas mueren para poder volver a empezar.
Alrededor del epicentro sagrado se despliega una abigarrada cosmogonía de trazos lúdicos y monstruosos. Figuras antropomorfas, ruedas y carretas fantasmales, seres híbridos y desfiles de siluetas óseas habitan los márgenes: no como cortejo fúnebre solamente, sino como el lecho de brasas sobre el que algo, en el centro, se prepara para arder de nuevo. La composición juega con una paradoja visual constante: la rigidez del encuadre geométrico central frente al desborde orgánico e indisciplinado de un espacio colmado por la memoria, la violencia sublimada y el carnaval profano el caos periférico como combustible, el orden central como el punto exacto donde ese combustible se transforma.
El gran protagonista de esta obra gráfica es su material cromático: el uso de la grana cochinilla. Y aquí conviene decirlo sin metáfora primero, en términos llanos: este pigmento se obtiene moliendo el cuerpo seco de un insecto diminuto hasta convertirlo en polvo, y ese polvo, disuelto, se convierte en el rojo más codiciado que ha dado el continente el mismo que vistió cortes, cardenales y ejércitos enteros del Viejo Mundo. Antes de ser símbolo de nada, la grana cochinilla ya es, en su propia fabricación, el argumento del fénix: una vida diminuta se reduce a nada para renacer como color, como lujo, como poder. Sergio Hernández no tuvo que inventar la metáfora de la resurrección: la heredó del material mismo que eligió trabajar.
Ese pigmento inunda el plano con una marea carmesí, una sustancia viva que gotea, chorrea e impregna la superficie con texturas viscerales. Al derramarse libremente sobre los bordes, dota al grabado de una cualidad corpórea que remite tanto al sacrificio ritual y a la Conquista como a la brasa que todavía respira bajo la ceniza.
• El centro lumínico: un campo ocre pálido resguardado por un marco heráldico donde se concentra el drama simbólico del águila, iluminado como si fuera el punto exacto de la ignición.
• La periferia desbordada: una franja exterior saturada de iconografía zoomorfa y fantasmagórica que no asfixia al mito fundacional, sino que lo rodea como el rescoldo que aún arde alrededor del núcleo.
• La intervención textural: el chorreado deliberado del pigmento destruye la pureza del grabado tradicional, superponiendo el accidente orgánico sobre el orden de la estampa —el fuego real sobre el plano diseñado.
Esta pieza es, en última instancia, una lección de resistencia material. El colorante ancestral que alguna vez sedujo a las cortes europeas y tiñó la paleta del Viejo Mundo regresa a su origen geográfico y conceptual, y regresa además a su lógica más profunda: no hay color sin consumo previo, no hay símbolo vivo sin algo que haya tenido que arder primero.
Leer esta obra en clave de conmemoración patria —el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución es una lente posible, aunque no un dato confirmado sobre la fecha de su ejecución. Bajo esa lectura, mientras el discurso oficial se vuelca a la celebración del bronce, la pirotecnia y la monumentalidad heroica, esta gráfica intervenida propone otra cosa: no la desmitificación amarga del símbolo patrio, sino su reingreso al fuego del que salió. El ave republicana no se levanta aquí como el triunfo definitivo de un Estado que ya llegó a su forma final, ni tampoco solamente como el testimonio sufriente de una geografía marcada por sus contradicciones. Es las dos cosas a la vez, sostenidas en el mismo instante: la prueba de que algo se quemó, y la posibilidad todavía abierta, todavía sin garantía de que de esa quema salga otra cosa.
El empleo deliberado de la grana cochinilla adquiere, en este contexto, una dimensión profundamente política. Se trata de un insecto domesticado desde tiempos prehispánicos, cuya producción quedó sometida durante la Colonia al sistema de repartimientos forzosos: los pueblos zapotecos y mixtecos de Oaxaca debían entregar cuotas fijas de grana a los alcaldes mayores españoles, un mecanismo de extracción documentado como fuente de conflicto y, en casos como el de Nejapa, de levantamientos abiertos contra esos abusos. Ese mismo pigmento, nacido de la explotación colonial, es el que Hernández usa hoy para reclamar el símbolo nacional y prenderle fuego otra vez, esta vez desde otra mano. Los hilos de color que escurren en vertical sobre los bordes inferiores ya no son solamente reloj de arena que mide una pérdida: son también la chispa que cae y que, si algo tiene que renacer, tendrá que renacer de ahí.
La periferia saturada que abraza al escudo central se convierte en una crónica carnavalesca y fúnebre del devenir mexicano, pero conviene no leerla únicamente como cortejo de muertos. En lugar de un desfile de héroes inmaculados, lo que rodea al águila es un teatro de sombras: carretas fantasmales que bien podrían evocar el éxodo y el traslado de los caídos, siluetas óseas que remiten a una danza macabra, figuras zoomorfas que deambulan sin rumbo fijo. Todo eso es, a la vez, el paisaje calcinado y el combustible: en la mitología del fénix nunca hay renacimiento sin ese círculo previo de ceniza, sin ese ruido de fondo hecho de lo que no sobrevivió. El orden republicano, hierático en el centro, no flota sobre ese caos: se alimenta de él.
• El centauro y la carreta: las siluetas periféricas dejan de ser simple decoración mítica y pueden leerse como los espectros de las cargas de caballería y el éxodo campesino la humareda que rodea cualquier incendio grande.
• El águila republicana, de herencia juarista: hierática y oscura en el centro, el ave no es únicamente testigo mudo de las fracturas nacionales: es también el cuerpo que todavía no decide si va a consumirse del todo o si va a alzar el vuelo.
• La cuadrícula rota: el tramado lineal que sostiene al escudo central simula una bandera o un territorio parcelado, y funciona también como la reja del Estado la estructura que intenta contener al fénix incluso en el momento de su combustión, sin poder impedir del todo que arda.
No hay en esta pieza una promesa fácil de resurrección, y ese es precisamente su mérito: Sergio Hernández no pinta un fénix que ya remontó el vuelo, victorioso y limpio de ceniza. Pinta el instante anterior, el más incierto de todos el ave todavía envuelta en su propio incendio, todavía atrapada en la cuadrícula que la nación le construyó, sin que sepamos si va a lograr desprenderse de ella. Ese instante suspendido es, quizás, el retrato más honesto que puede hacerse de un país que ha tenido que quemarse más de una vez para seguir existiendo: la independencia, la revolución, y todas las veces intermedias en que algo tuvo que reducirse a nada antes de volver a levantarse. El fénix de este cuadro no promete nada. Solo insiste, con la terquedad del rojo que sigue goteando, en que el fuego todavía no ha terminado su trabajo
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