Óleo sobre tela
80 x 60 cm
2019
Lo primero que se impone es la quietud. Benito Juárez está de pie, vestido de un negro casi eclesiástico, la corbata de moño cerrada hasta el cuello, la mirada fija en algo que está más allá del espectador quizás en el país entero, quizás en el tiempo que todavía no llegaba cuando este rostro se volvió, para siempre, el rostro oficial de la República. Es el gesto que la iconografía mexicana ha repetido durante siglo y medio: la mano izquierda apoyada sobre un libro que descansa en una mesa cubierta de tela rosa, un ademán mínimo que basta para decir lo esencial de este hombre.
No hay espada, no hay corona, no hay caballo: hay un libro. Y esa elección, tan sobria que casi pasa inadvertida, es el resumen entero de lo que Juárez representó el paso de un país gobernado por la fuerza a un país que aspiraba, todavía con esfuerzo, a gobernarse por la ley.
Lo primero que se impone es la quietud. Benito Juárez está de pie, vestido de un negro casi eclesiástico, la corbata de moño cerrada hasta el cuello, la mirada fija en algo que está más allá del espectador quizás en el país entero, quizás en el tiempo que todavía no llegaba cuando este rostro se volvió, para siempre, el rostro oficial de la República. Es el gesto que la iconografía mexicana ha repetido durante siglo y medio: la mano izquierda apoyada sobre un libro que descansa en una mesa cubierta de tela rosa, un ademán mínimo que basta para decir lo esencial de este hombre.
No hay espada, no hay corona, no hay caballo: hay un libro. Y esa elección, tan sobria que casi pasa inadvertida, es el resumen entero de lo que Juárez representó el paso de un país gobernado por la fuerza a un país que aspiraba, todavía con esfuerzo, a gobernarse por la ley.
Pero Andriacci no lo deja solo en la solemnidad del retrato oficial. Detrás de la figura, el fondo estalla en un violeta profundo, casi nocturno, poblado de docenas de libélulas que atraviesan el aire en todas direcciones. No son adorno: son movimiento puro alrededor de una figura que, por convención del retrato, debe permanecer inmóvil. Las libélulas criaturas de metamorfosis, de ojos que ven en casi todas direcciones a la vez, de vuelo que parece no obedecer ninguna línea recta rodean a Juárez como una atmósfera viva, como si el aire mismo que este hombre respiró estuviera hecho de transformación constante. Es un cielo que vela, en las dos acepciones de la palabra: que vigila, y que hace guardia nocturna sobre quien duerme, o sobre quien ya ha muerto y merece ser recordado con los ojos abiertos.
A los costados, dos criaturas que pertenecen a otra genealogía visual por completo: una máscara de toro con cuernos curvos y colores encendidos, tallada con la lógica ornamental de los alebrijes oaxaqueños, y al pie de la escena, casi como un animal doméstico y fiel un elefante azul de líneas geométricas y ojos como soles rojos, con una pequeña cruz posada en la trompa. Ninguna de estas dos presencias pertenece al siglo XIX ni a la retórica oficial de los héroes patrios: pertenecen a Oaxaca, a la Sierra Juárez, al pueblo zapoteco de San Pablo Guelatao donde este hombre nació pastor de ovejas antes de aprender siquiera a hablar castellano. Andriacci no separa esos dos mundos el del estadista de traje oscuro y el del niño zapoteco que subía la sierra con su rebaño los pinta ocurriendo en el mismo instante, como si los guardianes de la infancia de Juárez jamás lo hubieran abandonado, ni siquiera cuando llegó a ocupar la silla presidencial de la nación que refundó.
Hay un detalle final que merece mirarse con calma: la mesa sobre la que descansa la mano de Juárez está cubierta por un mantel rosado, sencillo, casi doméstico, muy distinto del mármol o la caoba que suele acompañar los retratos de Estado. Es la misma modestia que atravesó toda su biografía: el hombre que gobernó México durante las horas más oscuras de la intervención extranjera que resistió, con el gobierno itinerante en carretas, la imposición de un imperio europeo sobre suelo mexicano nunca dejó de ser, en el fondo, el niño humilde de la sierra oaxaqueña. Andriacci no idealiza esa humildad ni la convierte en anécdota folclórica: la deja ahí, discreta, sosteniendo literalmente el peso de la ley sobre la que descansa la mano del presidente.
Juárez escribió, hacia el final de su vida, la frase que México ha repetido desde entonces como si fuera una plegaria cívica: que el respeto al derecho ajeno es la paz. Este retrato no ilustra esa frase: la encarna en su propia composición. Un hombre solo, vestido de luto perpetuo, rodeado no de ejércitos ni de símbolos de poder sino de libélulas y guardianes tallados en la memoria de su tierra natal el mito y la ley, sostenidos el uno por el otro, exactamente como sostuvieron, entre los dos, a la República que este hombre se negó a dejar caer.
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